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Cuando el escenario más grande no habló inglés

No todos los actos políticos se anuncian con discursos ni se visten de solemnidad. Algunos entran bailando, cantan sin pedir permiso y se instalan en el lugar menos esperado. Eso fue lo que ocurrió cuando Bad Bunny apareció en el escenario del Super Bowl: no para encajar, sino para incomodar.

En un evento que históricamente ha funcionado como vitrina del orgullo estadounidense, Benito Martínez decidió no traducirse, no suavizarse y no explicar nada. Cantó en español, habló desde la memoria migrante y puso a Puerto Rico —esa isla siempre mencionada pero nunca escuchada— en el centro de una transmisión global. El mensaje no fue explícito, pero sí contundente: existir también es una forma de protesta.

Mientras las luces y la pirotecnia hacían su parte, la verdadera coreografía ocurría en otro plano. Cada referencia a la diáspora, cada guiño a Nueva York como segunda casa obrera, cada símbolo latinoamericano colocado donde normalmente solo hay estrellas y barras, fue un recordatorio incómodo: Estados Unidos no es tan homogéneo como le gusta creerse.

Lo verdaderamente disruptivo no fue una letra ni un paso de baile, sino la elección del espacio. Usar el Super Bowl —el templo del entretenimiento comercial y del nacionalismo pop— para contar una historia que cuestiona el colonialismo y la exclusión es un acto de audacia cultural. No hubo pancartas ni consignas, pero sí memoria, identidad y una negativa clara a ser reducido a folklore.

Que esto haya provocado enojo en ciertos sectores políticos no sorprende. El arte que no molesta suele ser decoración. Y Bad Bunny no decoró nada: ocupó un lugar que muchos preferirían ver vacío o neutral. Frente a una narrativa oficial que criminaliza migrantes y silencia a Puerto Rico cuando conviene, el espectáculo fue un “seguimos aquí” dicho sin pedir aprobación.

Quizás por eso el show no necesita defenderse como “político”. Lo fue porque habló desde abajo, desde los márgenes, desde una lengua que millones entienden pero que rara vez se permite en esos escenarios. Fue política sin podio, sin bandera oficial y sin permiso. Y justamente por eso, fue arte en estado puro.

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